por Pedro Avendaño Garcés
Universidad del Mar (Chili)
Justo cuando terminaba el verano y los festejos del Bicentenario de la República ponían énfasis en el desarrollo alcanzado por el modelo económico, ad portas del cambio de gobierno, del aterrizaje de Harvard, Chicago y el MIT en la conducción del Estado. Justo cuando dábamos un paso más en el perfeccionamiento ofrecido por los nuevos gerentes bajo el discurso de la eficiencia, la eficacia y la modernidad. Cuando la ciencia de la economía reconocía más signos en los datos que el rostro de las personas, el país entero se sacudió con un terremoto grado 8.8 y con un maremoto que asoló varias veces las costa de tres regiones ubicada en el centro sur de Chile.
Tengo la tentación de decir que más de una decisión o no decisión fue adoptada en el marco de la protección de la imagen política del Estado chileno, de la protección de la imagen del gobierno saliente y para no darle el gusto al gobierno entrante y que en ese vaivén, parecido a las ondas del terremoto, se gastaron suficientes minutos para dar la alerta, activar sistemas de protección y poner a salvo vidas que ahora lamentamos. Seguramente la historia hubiera sido otra, pero no lo sabremos nunca y mejor no sospechar de las pequeñas o grandes ambiciones que causaron tantos males. Es tiempo de comenzar y de caminar y no será la primera ni la última vez.
Pero ello no nos puede hacer olvidar que el terremoto y el maremoto abrieron las compuertas de ese otro Chile que está en el umbral de la marginación, la pobreza, la frustración y la rabia. La exclusión de miles de personas fue el detonante final que convirtió a Concepción, a Talca, Talcahuano y otras ciudades en territorios asolados por hordas de personas que no sólo entraron a las farmacias, a los supermercados, asaltaron las gasolineras, almacenes y tiendas en busca de alimentos básicos para la subsistencia, sino que llevaron consigo televisores, equipos de música, lavadoras, plasmas, medicamentos y todo cuando pudiera ser arrastrado fuera de los locales. Vacíos estos de las cosas fueron quemados como corolario de tan colosal fuerza social.
Armados con palos, machetes, cuchillos, con cierre en las calles, organizados para la defensa de las casas y de los edificios quedaron al descubierto un nosotros y un ustedes. Algunos patrullaron las calles armados con pistolas y escopetas. No se trató sólo de barrios marginales que se cobraron la revancha al tipo de sociedad que hemos creado porque entre los asaltantes de tiendas muchos eran profesionales universitarios, técnicos especializados, respetables padres o madres de familia, hombres y mujeres educados en el seno de la sociedad chilena bajo el signo del individualismo, del éxito rápido, de la apariencia, empujados por el consumo y por la representación de lo que no se tiene, pero que se desea sin importar el precio que sea necesario pagar.
La fractura de Chile no proviene del terremoto ni del maremoto, proviene de un estilo de desarrollo que olvidó el rostro humano de la vida y los fue reemplazando por el consumo ayudado por la poderosa máquina propagandística de la publicidad al servicio exclusivamente del mercado. Finalmente, curiosidades de la historia, los mismos militares que un día asaltaron con mano ajena el Estado, ahora se convirtieron en garantes de la paz, impusieron progresivamente el orden en medio del desastre y, una vez más, al lado de la historia oficial, las Fuerzas Armadas se condecoraron en un orden social mentiroso porque es el resultado de la fuerza y no de la capacidad ciudadana para reconocerse en la unidad de un país golpeado por la crisis.
El sentido benevolente de la emoción, de la conmoción, el sentido de la misericordia organizó una teletón en la que se reunieron 30 mil millones pesos en 27 horas de solidaridad. ¡Qué bien!, dinero necesario, imprescindible para la reconstrucción de las regiones y de sus gentes, pero insuficiente para acallar a ese otro Chile fracturado que ya comienza a ser olvidado.
El modelo de mercado inevitablemente deja de lado aquello que no puede ser reducido a la compra y venta porque todo aquello que no está en esa categoría, es desechable. Así, la educación más allá de las competencias no sirve, la formación de valores ciudadanos no sirve, la solidaridad se reemplaza por la competencia y la competencia por el individualismo y después queremos lavarnos la cara con los millones que juntamos.
Educar en ciudadanía, en respeto a la diversidad, en la tolerancia, pero también el la responsabilidad, en el rigor de la disciplina razonada y consciente son parte de la transformación social que deberá acompañar las nuevas casas, los nuevos edificios, los nuevos pueblos de la costa chilena. Esa es la tarea en la que las universidades tienen mucho que decir. Mucho más que contar cuánta ayuda, dinero o gentes movilizaron hacia las zonas afectadas.
No es tiempo de publicidad.
Concepción. 10 de Marzo del 2010